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El coronel no tiene quien le escriba
Por: Alfonso Rubén Arroyo Sámano

Un patético hombre que después de quince años aún espera que el ministerio de guerra le escriba sobre su pensión, pero aún es un hombre digno y con esperanza. Resulta para muchos en el pueblo una actitud admirable, al referirme al coronel como un personaje patético lo hago no por que pase hambre, o por haber militado en el bando que fue derrotado, ni por haber perdido a un hijo, ni siquiera por mantener la esperanza en recibir la carta del gobierno, sino por que esa inocencia me parece imperiosa, casi inamovible, como la de un loco.

Es su fatalidad lo que me ha cautivado, una fatalidad que no es sólo suya, si no que es compartida por muchas más personas, esa colectividad sumisa, algunas veces enérgica pero al fin sumisa, se conforma si no cree y si llega a creer nadie hará caso de su fe.

Su resistencia inútil, la soledad heroica de un hombre miserable, al decir esto es imposible no recordar la atmósfera con la que abre el relato, el aroma del café colombiano; cuando el coronel destapa la lata de café y contempla resignado que no hay más que una infeliz cucharada y no es para él sino para su esposa enferma de asma, también es el sonido que invade su lúgubre casa, esas campanadas para un funeral. Estos son dos símbolos importantes para el mundo caduco, en el que agoniza el coronel esperando una carta que jamás llegará.

Esas campanadas para muerto son para el primero que muere de forma natural en muchos años, ya que con un clima de violencia política es común una muerte sangrienta como la del propio hijo del coronel.

Al coronel sólo le queda un gallo de pelea al cual a penas puede dar alimento. Pero él no se rinde, cada viernes espera paciente la carta que no llegará.
Ese gallo es el recuerdo de su hijo, significa esperanza, resistencia.

El coronel posee una condición héroe y la austera simplicidad de su mundo. Despojado de todo, sin nada que perder prepara su última batalla. En memoria de su hijo transmite mensajes clandestinos a sus copartidarios, pero su arma verdadera es el gallo.

Su mujer protesta: "Todo el mundo ganará con el gallo, menos nosotros. Somos los únicos que no tenemos ni un centavo para apostar. Ahora todo el mundo tiene su vida asegurada y tú estás muerto de hambre, completamente solo". El coronel responde con inalterable ingenuidad: "Cumplimos nuestro deber. No estoy solo. Es un gallo que no puede perder".

El coronel subsiste vendiendo todo lo vendible que se encontraba en su miserable casa, menos el gallo de pelea que cuida con pasión enfermiza y a costa de su propia salud y la de su mujer que sufre eternamente de un hambre:
- estoy cansada-, dijo la mujer-, varias veces he puesto a hervir piedras para que los vecinos no sepan que tenemos muchos días de no poner la olla.

La realidad presenta aspectos elementales, crudos, y, a la vez, aparece traspasada por fuerzas sobrenaturales, por soplos mágicos. Y la fusión es fascinante el lector se ve conducido irresistiblemente de lo real a lo ficticio.

Admirable en el personaje, como es que un hombre que a los setenta y tantos años de miseria todavía es capaz de decir que la vida es hermosa y aún así rebatirle a la mujer con un "pero alimenta" cuando ella le grita que "la ilusión no se come", no cabe duda de que es un gran hombre, o al menos un gran viejo, orgulloso ahí es en donde radica su fuerza ficticia en su orgullo que no lo deja aceptar su insoportable realidad.
Había olvidado hablar de su mujer que no tiene nombre en el relato, esto quizá signifique que no tiene mucha importancia, esa mujer enferma es la antitesis del coronel. Nada le parece bien, todo es un problema y no es de culparse con una vida así, incluso llegaba a decir que deseaba cosas con el único fin de molestar a su marido y así llegar a la colusión de que no la quería.

- "Me gustaría sembrar rosas".
- Si quieres sembrar las rosas, siémbralas -dijo el Coronel-.
- Se las comen los puercos -contesto ella-.
- Mejor. Deben ser muy buenos los puercos engordados con las rosas-.
La mujer pensó en un largo silencio.
- Es que no quiero sembrarlas -dijo-.
- Bueno -contestó el Coronel-. Entonces no las siembres".

Día a día, cada semana, cada mes, cada año, que vida tan triste, monotona por completo, la vida de un infeliz anciano que debió haber sido un infierno, de no ser pos su carácter o tal vez por su demencia pudo ser insoportable.

Una vez buscando "el traje de los acontecimientos" en el baúl par ir a un entierro, se encontró un viejo y entrañable e inmenso paraguas todo apolillado.

- "Mira en lo que ha quedado nuestro paraguas de payaso de circo. Ahora sólo sirve para contar las estrellas -dijo el Coronel sonriendo-.

Pero la mujer no se tomó el trabajo de mirar el paraguas. "Todo está así", murmuró. "Nos estamos pudriendo vivos".

Todo era así, nada le parece, todo está mal, todo está mal hecho, así era de alegre la vida con esa mujer sin nombre, no sólo amarga al viejo, además lo mancilla y lo denigra siempre que puede. Siempre aguantando el coronel, con serenidad en el paso, tranquilo, sólo escuchando a su mujer.
Hay un rasgo de energía en ese patético personaje, un momento, un instante, una palabra que llena de fuerza al personaje, da una verdadera señal de esperanza pues con una sola palabra dice mucho. Por ello creo necesario transcribir el final, un final que para mi es de los más felices que le pudo dar a la novela.

"Y mientras tanto qué comemos, preguntó, y agarró al Coronel por el cuello de la franela. Lo sacudió con energía.

- Dime, ¿qué comemos?.

El Coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder.

- "Mierda".

Ese momento, de furia, de ya estar cansado de ser siempre el imbecil, el que aguanta, el que sólo obedece y es paciente. Llega así a perder por completo la vaga esperanza, la tonta idea de que la carta llegaría a solucionar los problemas de toda su vida. Ahora es un viejo que está dispuesto a comer mierda hasta que sea reparada la injusticia de que ha sido objeto. Por fin el Coronel podía ser feliz incluso en su casa.

 

 

 


Bibliografía:
García Márquez, Gabriel. “El coronel no tiene quien le escriba” Ed. Biblioteca Era.34ª reimpresión: 2000. México D.F