La fe de los ciegos
II
 
 



 

 

 
 
 
 

 

Algunas veces la tristeza puede
aliviarse con las caricias del aire,
del viento que alude al deseo
prohibido entre ninfas.

Obligado por el imperio
que prohíbe el habla
se me ha anunciado tu incuria;
tan gris se ha tornado el sueño,
como ceniza se dispersa
negando que existió el consuelo.

Injuria entre fuegos,
centellas que seducen los recuerdos,
promesas olvidadas
como las risas
que ahogaron tus muros
heredando el silencio.

Confinado al dormitorio
he mirado tus ojos,
los prismas que
al presente han mentido,
que el pasado bendijo
porque fueron sinceros
y en ellos comprendí sufriendo
el dolor que te fecunda.

Alfonso R. Arroyo.

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