Tú que conservas
de mi tristeza un suspiro,
alejada devoras
la inmensidad en tus ojos.
Reían
las estrellas
enamoradas del silencio
que heredó tu sueño,
celosas besaron tu frente
con la esperanza
de ahogar en el eco
su encanto.
Miro
el fuego
que en su anhelo finge
bienvenidas al invierno
y en tu pena impregna
el humo de mi aliento.
Tras
muros de blanco cuarzo
se ha ocultado
quién alivia el aire,
vimos ceras
que con humo escriben
sofocadas por el frío
señalando tu abandono.
Cedí
ante la nostalgia
dejando atrás el tormento
y en el oráculo de tu vientre
distinguí al que vendrá
a redimir la fe de los ciegos,
bendecido por tus labios
mí Laurel eterno...
Tu
piel respiraba el paisaje,
era tu útero morada de los dioses
y de tu esencia sólo hurté el consuelo
negando al todo con desprecio.
Olvidado
por la noche
entoné el canto que traería
sueños benditos por tus senos
y aún así
bañé en mí poesía
los recuerdos,
devorado
por el Dios de lo eterno.